sábado, 23 de abril de 2016

Un amigo muy esperado.

Había sonado ya el carrillón del reloj de pared que había en la salita, la casa estaba muy silenciosa, y aquella tranquilidad solo se veía afectada por los pasos lentos de un anciano.

En la habitación principal, un hombre de 87 años de edad acaba de cerrar una pequeña maleta, en la que solo llevaba un retrato en el que salían él y una mujer... ambos muy jóvenes, ambos sonriendo...

Mateo, pues así se llamaba este hombre, Mateo Ronsenblad, era médico jubilado que residía en Old Hampton desde hacía casi 70 años, pero no estamos aquí para hablar del principio de su historia, si no de su final.

Mateo acaba de cerrar su maleta, se colocó su gorra de franela gris y su gabardina, camino torpemente hacia la esquina del dormitorio donde estaban cruzados dos bastones. miro al más corto de los dos y acaricio con cariño su empuñadura, como si en ella aún se posaran la mano que tanto echaba de menos y en su cara se dibujó una sonrisa que marco aún más las profundas arrugas de su rostro.

Finalmente, cogió el más largo, de madera marrón oscura y se giró hacia la cama para recoger la maleta. Caminó hacia la puerta y echó un último vistazo a su habitación. En aquellos segundos Mateo pudo sentir todas las historias que allí habían sucedido: noches de risas y de lágrimas, noches de caricias y de discusiones, e incluso una noche eterna en la que se vio abrazado a lo que la muerte había dejado atrás en su paso por allí.

Suspiro hondo y apago la luz. Sus pasos se dirigieron hacia la entrada, no podía perder aún más tiempo nadando en los recuerdos de cada habitación, pues llegaba tarde a su cita.

Cuando llegó al final del pasillo, se dirigió hacia la puerta y un ronroneo le rozo los tobillos:

- Oh, Arquímedes, casi me había olvidado de despedirme de ti, amigo.

El gato lanzo un maullido largo y ruidoso cuando Mateo acaricio su lomo.

- No te puedo llevar conmigo a donde voy, pero te prometo que te cuidarán muy bien, lo he dejado todo bien atado.

Mateo lanzó una sonrisa cómplice a su gato, y mientras este volvía a las sombras de la vivienda, Mateo consulto su reloj de muñeca:

-La una y veinte, si no me doy prisa llegaré tarde- pensó para sí mismo- aunque llegar, voy a llegar igualmente, pero siempre he sido puntual y no será esta la primera vez que no lo sea.

Cerró la puerta suavemente, echó la llave y sin perder más tiempo comenzó a caminar con su bastón y su maleta fundiéndose entre la espesa niebla de aquella noche.

Sus pasos sonaban lentos y pesados en la tranquilidad de las calles, solo rota por algunos coches y lejanas voces de jóvenes que volvían de disfrutar de la noche.

Tras caminar apaciblemente por las calles durante casi media hora, descubrió entre la bruma el cartel que indicaba que había llegado a su destino: "Parque Franklin Peterson". Avanzó unos pasos más y se dispuso a sentarse en un banco de madera que había frente a una farola. La luz naranja iluminaba el banco como en una vieja película de espías...

Sintió sus rodillas débiles al inclinarse y como la espalda se engarrotaba del frio, hasta que consiguió sentarse. Una vez acomodado saco de nuevo su reloj y pensó "ahora él se retrasa..."

De pronto se escucharon unos pasos desde un callejón oscuro, los pasos eran firmes y resonaban por todas partes, estaba claro, su cita había llegado...

Aquella figura fue tomando forma, y carente de sombra bajo sus pasos se dirigía con tranquilidad hacia el banco en el que Mateo se encontraba.

Un apuesto hombre, de unos 70 años se presentó ante él, vestía un elegante traje a rayas y portaba en su anular un anillo dorado que parecía brillar con más intensidad que la propia farola, calzaba unos zapatos negros de piel, increíblemente lustrosos, su rostro estaba bien afeitado y su pelo engominado hacia atrás, le conferían un atractivo extraño:

- ¿Puedo sentarme, Mateo? - Dijo el caballero situado frente a él con una apacible sonrisa de cordialidad.

La voz de aquel hombre era profunda y al mirar a sus ojos, pudo comprobar que en él habitaba toda la sabiduría del mundo, ahora sí estaba seguro de que era él a quien esperaba.

- ¿Y por qué no? De todas formas, no tengo prisa, porque ya llegamos tarde, y nunca se puede llegar más tarde que tarde. – Respondió Mateo, correspondiendo la sonrisa.

El caballero se sentó junto a él, tan cerca suya que pudo oler el perfume dulzón que desprendía.

- Bueno Mateo, dime... ¿Has disfrutado de la vida que has llevado?
- Podría decirse que sí... Aunque he echado de menos algunas cosas, tú ya me entiendes- respondió acariciando su maleta recordando el retrato que llevaba en su interior.
-Bueno, ya sabes que no hago estas cosas por gusto, además, me has causado muchos problemas...- dijo con serenidad cambiando de tema- nunca un médico puso tantas trabas a mi trabajo... Quizás por eso eres mi favorito, has hecho que mi día a día, sea más entretenido.
-No seas mezquino, yo solo ayudé a la voluntad de las personas, eran ellos los que no querían irse aun contigo, así que no puedes culparme solo a mí de que se curaran.
- Por desgracia no todos pudieron librarse, ¿Verdad? - le dijo el caballero mirando la maleta
- No te culpo por ello, viejo amigo- suspiro - ella se rindió antes incluso de poder ayudarla...
- ¿La echas de menos?
- Cada segundo de mi vida desde que se fue...
- También te echa de menos ti y me ha pedido que antes de llevarte junto a ella te hiciera un regalo. Sígueme.

El caballero ayudó a Mateo a incorporarse y agarrados del brazo iniciaron un corto paseo mientras el parque se difuminaba como una nube de polvo y se reconstruía con la forma de otro lugar.

Mateo se quedó con la boca abierta y lanzo una mueca de asombro:

- ¿Sabes dónde estamos Mateo?
- Claro que sí...

Se encontraban en una colina a las afueras de Old Hampton, muy cerca del parque natural de Silver Oak. Frente a ellos un olmo solitario se mecía con el viento y su sombra se alargaba con la luz de la luna. Mateo, con lágrimas en los ojos, se acercó al árbol y comprobó que en su corteza aun había tallado dos nombres "Mateo y Alicia":

- Pero… ¿Cómo? Ardió hace años... Alicia y yo lo vimos en las noticias cuando se incendió el bosque.
- Sus cenizas amigo… Cuando las tiraste aquí resucitaron al olmo, lo de los nombres es mi regalo.

Acaricio de nuevo el nombre de Alicia. A pesar de la rugosidad de la corteza, él sintió de nuevo como si acariciara los labios de su amada.

- Estoy listo, iniciemos el viaje...
- Mateo, ya estabas muerto cuando te recogí en el parque. De hecho, tu cuerpo está descansando en tu cama...

Mateo se sintió confuso, miro hacia el árbol de nuevo y se giró hacia la muerte:

- Bueno, pues entonces llévame con ella, que, si llego tarde a cenar, se pone de muy mal genio.

La muerte le sonrió, paso su brazo sobre el hombro de Mateo y juntos desaparecieron difuminándose sus figuras

Hasta siempre Mateo.

Dedicado a todos aquellos que pierden al amor de su vida y esperan durante años para volver a verlo.