domingo, 18 de octubre de 2015

La promesa.

La noche estaba bien entrada, en la impoluta habitación el pitido intermitente de un monitor cardíaco.
Gota a gota el gotero iba prolongando lo que inevitablemente iba a acaecer en aquella sala.
La tenue luz del cabecero iluminaba un rostro de mujer, las sombras jugaban con cada una de sus arrugas y los ondulados y grises cabellos.
Sus ojos estaban cerrados, así como su boca; De labios finos, donde antes siempre hubo una sonrisa hoy, solo silencio.
Sus manos reposaban pesadas en la cama y aferradas a ellas, las manos de un viejo loco y aun enamorado.
Hacia mas de 2 años que la habían diagnosticado el fin de sus días, y en el ultimo mes, las manos de ambos no se separaron casi ni un solo instante.
El anciano dormitaba en mala postura, acariciando entre sueños las manos ásperas y llenas de manchas de su amada.
De pronto los ojos de la mujer se abrieron con esfuerzo, y cuando observo a su alrededor sus labios finos esbozaron una sonrisa.
Libero suavemente su mano y la paso por el pelo cano del anciano, lo cual lo despertó:
- Hola pequeño- dijo ella con voz tenue.
- ¿Como estas princesa?
Aquellos apelativos reavivaron los recuerdos de la anciana, pues no paso ni un solo día desde que se besaron por primera vez, sin que el la llamara por ese nombre, de hecho los nietos mas pequeños la llamaba princesa, pues era el único nombre que conocían de ella.
- Me duele un poco...
- ¿Quieres que llame a la enfermera?
- No cariño, no hace falta...
- ¿De verdad?
- En serio, no te preocupes- Dijo acariciándole la cara- Tráeme un poco de agua.
El anciano se levanto lentamente resoplando por el esfuerzo, agarro su bastón y arrastro sus pies cansado hacia en cuarto de baño.
Encendió la luz y tras llenar el vaso con agua, se miro al espejo...
Miro sus ojos marrones con grandes bolsas oscuras, observo su rostro lleno de arrugas y se intento recordar siendo mas joven.
Cuando volvió, encontró a la anciana secándose las lagrimas.
- Toma princesa- dijo acercando el vaso.
Espero a que bebiera, la retiro el vaso y con mucho cariño seco una lagrima furtiva con su dedo gordo.
- Tengo miedo...
- No lo tengas, estas cosas tienen que pasar.
- Lo se, pero no quiero estar sin ti... no quiero irme sin ti...
El anciano trago saliva e intento que no salieran las lagrimas que luchaban por liberarse.
Se sentó de nuevo, sintiendo el crujir de todos sus huesos al reposar sobre el incomodo sofá.
- No vas a estar sin mi... No al menos demasiado... ¿Recuerdas como nos conocimos?
La anciana sonrió, recordó el sonido del bar, el olor a cerveza rancia y la interesante conversación que un joven rellenito le prestaba y las miradas que ambos compartían en secreto, mientras el ruido los envolvía.
- Cada día lo recuerdo...
- ¿Recuerdas como te pedí salir?
- Si...- Dijo riendo.
- ¿Y recuerdas que te prometí?
La frente de la anciana se arrugo con duda - No lo recuerdo- dijo- ¿Que fue?
- Que jamas te dejaría, que jamas estarías sola si ello dependiera de mi...
- Ya lo recuerdo mi amor...
- ¿Y alguna vez no lo he cumplido?
- No claro que no...
- ¿Y porque lo iba a hacer ahora?
- No se Joaquin, tengo miedo...
- Pues no lo tengas, cuando tengas que marchar, vete sin esperar, porque te daré alcance dentro de poco, ¿Vale?
- Si- Dijo cerrando lo ojos.
- ¿Oye?
-...¿Que?
- ¿Eres feliz?
- Contigo siempre...
- Vale, descansa princesa.
Horas mas tarde la respiración de ella se detuvo para siempre y días después, el, callo fulminado de un infarto rodeado de enmohecidas cartas antiguas y una caja de zapatos forrada con papel de regalo morado de lunares blancos.
Hoy ambos siguen agarrados de la mano, pues NUNCA INCUMPLÍA UNA PROMESA.

domingo, 25 de enero de 2015

Cuando la vida te da un vuelco.

A veces, harto de revolcarte en tu propio fango, descubres que la vida no es ese charco de heces en el que te recreas, criticando y envidiando todo; Y piensas que esa es la única y verdadera realidad, pero no es así, esa es solo "TU" realidad.

No sé muy bien si fue valentía o locura lo que me motivó, pero decidí salir de aquella mierda e intentar disfrutar un poquito de aquella otra realidad que no conocía, o bien no quise conocer antes por cobarde.

Así fue como volví al lugar en el que hacía ya tanto tiempo dedique mis días de adolescencia a forjar una personalidad y donde quizás no la forje con cuidado; Volví a las charlas con risas en las sombras de los pinos, mientras que por los huecos de sus copas, la luz que surgía calentaban mi cara con un sol estival digno de una postal. Regrese a las noches en vela, pero no de teletienda, si no de cerveza y compañía... En ese momento volví a darme cuenta que mi vida no había tenido sentido nunca, pues si lo que yo pensaba que era vivir era un continuo sufrimiento, ¿que era pues esa nueva sensación? ¿Muerte?, no... Era renacer, volver a los orígenes de todo para recordar quien eras y quien querías ser. Y lo que yo quería ser distaba mucho de lo que ahora era.

De este modo me dedique los poco segundos que me ofreció el destino a disfrutar de ese renacer, a recrearme del sonido del gentío, del ruido de hielo que cae en vasos de plástico, de la música absurda que nunca deja de triunfar y del abrazo con desconocidos mientras dejas que el ritmo te lleve en una marea de risas y salpicaduras de cerveza y ron.

Pero dentro de esa extraña y alocada vorágine de diversión, la descubrí a ella o más bien ella me “descubrió” a mi.

Ya antes me había fijado en lo especial que había en esa mirada verdosa, de esa sonrisa ladeada y picara, de esos cabellos como toboganes de fuego oscuro... pero aquella vez era distinto...

El simple tacto de su mejilla contra la mía en un simple saludo, era para mí el momento en que el tiempo se detenía y del cielo caía un pañuelo de seda que acariciaba mi cara.

No supe cómo ni por qué, pero alguien que permanecía moribundo dentro de mi grito: "¡Es ella!". Y entonces lo supe, yo tenía que ser para ella.

Luche con uñas y dientes y a veces creí verme vencido, porque no recordaba que las normas de la conquista son como las del baile, unas veces se sigue y otras seguido, pero nunca se deja de bailar.

así pasaron los segundo de mi tiempo de tregua contra la desolación, jugando a las miradas y a las canciones susurradas y cantadas por el otro como por arte de magia, hasta que se presentó la ocasión de cargar con todas las fuerzas que le quedaban al viejo moribundo. Y no fue al primero, si no al segundo intento cuando su Numancia cayo y yo caí por ella. Desde ese instante el reloj quiso correr más que nunca y al final el tiempo de tregua acabo.

Volví a mi charco, pero antes de tan siquiera pensar en volver a hundirme dentro, decidí que quizás, ella no solo era alguien por quien suspirar, si no mi mejor aliada para acabar con la desolación, y así fue y sigue siendo, yo lucho y ella a mi lado, dándome las fuerzas que necesito para enfrentarme a todo mientras cuida de mi viejo moribundo.

Quiero construir una casa donde antes estaba el lodazal, pero creo que aunque construyera el mejor de los palacios, jamás estará a la altura de lo que ha hecho por mí. Aun así ella se mancha las manos de barro y sonríe con cada ladrillo que ponemos juntos.


Gracias por quererme, cuidarme y conseguir que mi viejo moribundo, vuelva a latir.