miércoles, 7 de mayo de 2014

El latido protegido.

Eran las ultimas horas del día, el sol se iba escondiendo poco a poco, sembrando sombras entre haces de luz dorada. sus pasos crujían en un suelo tapizado de hojarasca gris y el viento silbaba una melodía triste que se maridaba con el olor a hierba húmeda, a suelo recién mojado y al silencio de aquel enorme cementerio.

A lo lejos, mientras avanzaban  sus pasos, descubrió un comitiva de enlutados que seguían con paso firme a un reluciente Lincoln negro, decorado con coronas de flores blancas. Y presidiendo la comitiva, un padre y una madre, que aun abrazados, no podían evitar sentir soledad que en sus corazones había dejado su joven hija.

Cambio de visión para dirigirse a su destino. Paso acariciando con delicadeza las superficies de algunas lapidas sintiéndolas frías y rugosas. El viento le mesaba sus cabellos y aquella sensación la agradaba, y no pudo evitar pensar si al morir sentiría el viento en su cara.

A lo lejos cerca del borde del cementerio, muy cerca del acantilado que lo limitaba, pudo encontrar a quien buscaba.

Se quedo de pie, y frente a ella una lapida de mármol oscuro parecía salir directamente del suelo. En esta solo un nombre y unas fechas: Ernest Simmos 28 de febrero de 1931- 3 de diciembre de 1999

Ella permanecía inmóvil frente a la lapida, sonrió y se agacho para cambiar un tallo reseco por una hermosa y fresca flor de rosa color carmín.

Quería decir algo, pero no le salían las palabras, se sentía triste, pero no por el, ni siquiera por ella, se sentía triste por que conocía la historia de aquel hombre que allí descansaba.

Pasado un rato decidió sentarse frente a la tumba, sin hacer caso a la humedad del suelo que empapo su trasero. Solo le importaba la soledad acompañada que experimentaba en aquel momento. La sensación de que a pesar de que se hubiera ido, su historia lo haría eterno.

No era un amante, ni un marido, ni un hermano o un abuelo, aquel hombre que allí reposaba prácticamente era un desconocido y solo había sabido de el, por las historias que le contó su abuela los días antes de exhalar.

Aquel hombre era y fue durante años el único y verdadero amor de su amada abuela.

Antes de morir, le narro que hacia muchos años conoció a un chico que se dedicaba a robar, pero que no robaba objetos materiales, si no sentimientos... iba por la vida provocando sonrisas, lagrimas, alegrías y penas... decía que los coleccionaba y que solo le faltaba una cosa que robar, un corazón. pero por mucho que lo intentaba, se dio cuenta que cuando robas un corazón este se marchita y se rompe en mil pedazos, con el inconveniente de que la persona robada, ya no es capaz de volver a sonreír con la misma luz.

Así que ella pensó durante días la manera de poder ayudarle, hasta que después de varios días y varias visitas furtivas, lo descubrió: un corazón no se roba, un corazón debe ser regalado.

Así fue como consiguió su corazón para completar su colección.

Habían pasado los años ella se vio obligada a casarse con otro hombre, pero a pesar de eso, ella no dejo de recordarlo: las tardes escondidos en el parque, o los besos a través de la verja de hierro forjado de detrás de su casa.

Cada uno de esos gestos alimentaba el corazón que aquel chico se había llevado.

Era por eso, por lo que antes de morir, su abuela le contó el mayor de sus secretos:

"Aunque lleves la sangre de tu abuelo, has de saber que eres nieta de otro, pues así como yo te quiero de corazón, ese corazón lo cuida otro"

Por eso, para que el corazón de su abuela siguiera latiendo, ella prometió llevar las flores que ella llevaba cada semana a la tumba de aquel supuesto desconocido, para que estuviera donde estuviera, el, siguiera cuidado ese corazón enamorado.

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