Había sonado ya el carrillón del reloj de pared que había en la
salita, la casa estaba muy silenciosa, y aquella tranquilidad solo se veía
afectada por los pasos lentos de un anciano.
En la habitación principal, un hombre de
87 años de edad acaba de cerrar una pequeña maleta, en la que solo llevaba un
retrato en el que salían él y una mujer... ambos muy jóvenes, ambos
sonriendo...
Mateo, pues así se llamaba este hombre,
Mateo Ronsenblad, era médico jubilado que residía en Old Hampton desde hacía
casi 70 años, pero no estamos aquí para hablar del principio de su historia, si
no de su final.
Mateo acaba de cerrar su maleta, se colocó
su gorra de franela gris y su gabardina, camino torpemente hacia la esquina del
dormitorio donde estaban cruzados dos bastones. miro al más corto de los dos y
acaricio con cariño su empuñadura, como si en ella aún se posaran la mano que
tanto echaba de menos y en su cara se dibujó una sonrisa que marco aún más las
profundas arrugas de su rostro.
Finalmente, cogió el más largo, de madera marrón
oscura y se giró hacia la cama para recoger la maleta. Caminó hacia la puerta y
echó un último vistazo a su habitación. En aquellos segundos Mateo pudo sentir
todas las historias que allí habían sucedido: noches de risas y de lágrimas,
noches de caricias y de discusiones, e incluso una noche eterna en la que se
vio abrazado a lo que la muerte había dejado atrás en su paso por allí.
Suspiro hondo y apago la luz. Sus pasos se
dirigieron hacia la entrada, no podía perder aún más tiempo nadando en los
recuerdos de cada habitación, pues llegaba tarde a su cita.
Cuando llegó al final del pasillo, se dirigió
hacia la puerta y un ronroneo le rozo los tobillos:
- Oh, Arquímedes, casi me había olvidado
de despedirme de ti, amigo.
El gato lanzo un maullido largo y ruidoso
cuando Mateo acaricio su lomo.
- No te puedo llevar conmigo a donde voy,
pero te prometo que te cuidarán muy bien, lo he dejado todo bien atado.
Mateo lanzó una sonrisa cómplice a su
gato, y mientras este volvía a las sombras de la vivienda, Mateo consulto su reloj
de muñeca:
-La una y veinte, si no me doy prisa
llegaré tarde- pensó para sí mismo- aunque llegar, voy a llegar igualmente,
pero siempre he sido puntual y no será esta la primera vez que no lo sea.
Cerró la puerta suavemente, echó la llave
y sin perder más tiempo comenzó a caminar con su bastón y su maleta fundiéndose
entre la espesa niebla de aquella noche.
Sus pasos sonaban lentos y pesados en la
tranquilidad de las calles, solo rota por algunos coches y lejanas voces de jóvenes
que volvían de disfrutar de la noche.
Tras caminar apaciblemente por las calles
durante casi media hora, descubrió entre la bruma el cartel que indicaba que había
llegado a su destino: "Parque Franklin Peterson". Avanzó unos pasos más
y se dispuso a sentarse en un banco de madera que había frente a una farola. La
luz naranja iluminaba el banco como en una vieja película de espías...
Sintió sus rodillas débiles al inclinarse y como la espalda se
engarrotaba del frio, hasta que consiguió sentarse. Una vez acomodado saco de
nuevo su reloj y pensó "ahora él se retrasa..."
De pronto se escucharon unos pasos desde
un callejón oscuro, los pasos eran firmes y resonaban por todas partes, estaba
claro, su cita había llegado...
Aquella figura fue tomando forma, y
carente de sombra bajo sus pasos se dirigía con tranquilidad hacia el banco en
el que Mateo se encontraba.
Un apuesto hombre, de unos 70 años se presentó
ante él, vestía un elegante traje a rayas y portaba en su anular un anillo
dorado que parecía brillar con más intensidad que la propia farola, calzaba
unos zapatos negros de piel, increíblemente lustrosos, su rostro estaba bien
afeitado y su pelo engominado hacia atrás, le conferían un atractivo extraño:
- ¿Puedo sentarme, Mateo? - Dijo el
caballero situado frente a él con una apacible sonrisa de cordialidad.
La voz de aquel hombre era profunda y al mirar a sus ojos, pudo
comprobar que en él habitaba toda la sabiduría del mundo, ahora sí estaba
seguro de que era él a quien esperaba.
- ¿Y por qué no? De todas formas, no tengo prisa, porque ya
llegamos tarde, y nunca se puede llegar más tarde que tarde. – Respondió Mateo,
correspondiendo la sonrisa.
El caballero se sentó junto a él, tan
cerca suya que pudo oler el perfume dulzón que desprendía.
- Bueno Mateo, dime... ¿Has disfrutado de
la vida que has llevado?
- Podría decirse que sí... Aunque he echado
de menos algunas cosas, tú ya me entiendes- respondió acariciando su maleta
recordando el retrato que llevaba en su interior.
-Bueno, ya sabes que no hago estas cosas
por gusto, además, me has causado muchos problemas...- dijo con serenidad
cambiando de tema- nunca un médico puso tantas trabas a mi trabajo... Quizás por
eso eres mi favorito, has hecho que mi día a día, sea más entretenido.
-No seas mezquino, yo solo ayudé a la
voluntad de las personas, eran ellos los que no querían irse aun contigo, así
que no puedes culparme solo a mí de que se curaran.
- Por desgracia no todos pudieron
librarse, ¿Verdad? - le dijo el caballero mirando la maleta
- No te culpo por ello, viejo amigo-
suspiro - ella se rindió antes incluso de poder ayudarla...
- ¿La echas de menos?
- Cada segundo de mi vida desde que se
fue...
- También te echa de menos ti y me ha
pedido que antes de llevarte junto a ella te hiciera un regalo. Sígueme.
El caballero ayudó a Mateo a incorporarse
y agarrados del brazo iniciaron un corto paseo mientras el parque se difuminaba
como una nube de polvo y se reconstruía con la forma de otro lugar.
Mateo se quedó con la boca abierta y lanzo
una mueca de asombro:
- ¿Sabes dónde estamos Mateo?
- Claro que sí...
Se encontraban en una colina a las afueras
de Old Hampton, muy cerca del parque natural de Silver Oak. Frente a ellos un
olmo solitario se mecía con el viento y su sombra se alargaba con la luz de la
luna. Mateo, con lágrimas en los ojos, se acercó al árbol y comprobó que en su
corteza aun había tallado dos nombres "Mateo y Alicia":
- Pero… ¿Cómo? Ardió hace años... Alicia y
yo lo vimos en las noticias cuando se incendió el bosque.
- Sus cenizas amigo… Cuando las tiraste aquí
resucitaron al olmo, lo de los nombres es mi regalo.
Acaricio de nuevo el nombre de Alicia. A
pesar de la rugosidad de la corteza, él sintió de nuevo como si acariciara los
labios de su amada.
- Estoy listo, iniciemos el viaje...
- Mateo, ya estabas muerto cuando te recogí
en el parque. De hecho, tu cuerpo está descansando en tu cama...
Mateo se sintió confuso, miro hacia el árbol
de nuevo y se giró hacia la muerte:
- Bueno, pues entonces llévame con ella, que,
si llego tarde a cenar, se pone de muy mal genio.
La muerte le sonrió, paso su brazo sobre
el hombro de Mateo y juntos desaparecieron difuminándose sus figuras
Hasta siempre Mateo.
Dedicado a todos aquellos que pierden al
amor de su vida y esperan durante años para volver a verlo.