martes, 20 de febrero de 2018

Cuando las puertas del cielo se cierran.



Estoy solo, sentado en un parque, dejando que el tiempo se me escape entre los dedos como arena de la playa.

Hay niños que juegan, gritos de nervios y risas, parejas de ancianos sentados sin mirarse en el mismo banco y parejas de jóvenes que se besan sin dejarse casi aire que respirar.

¿Como es posible que el tiempo pueda ser tan cruel?

Hay vida por todos lados, pero yo no la veo, yo... yo no la siento.

A veces me quedo horas mirando cualquier paisaje, esperando algún tipo de señal de que todo ira bien. Un pájaro que canta, un rayo de luz que se cuela entre las nubes, una ráfaga de aire que haga cantar las hojas de los arboles... algo.

Espero una señal que me diga que esto no es lo que tenia que pasar y que todo ira bien.

Me quedo navegando por la fantasía de verla sonriendo por mi una ultima vez, solo una mas... con el guion imposible de un día verla en la puerta de casa, con el pelo empapado en la lluvia y los ojos inundados en lagrimas de sus hermosos lagos verdes, su carita blanca como una luna timida que asoma de su pelo y sus labios finos y apretados; Suplicante sin decir palabra, impaciente sin hacer ningún gesto, como en esas películas clásicas en blanco negro que me enseño a amar, en la que al final se unen en un beso sin mas dialogo que hace pensar que tras el fundido en negro todo sera maravilloso.

En mi película en blanco y negro me veo sentado en este parque, con una canción triste de piano y aterrado porque el fundido negro no debore lo poco que queda de mi.

"Aun quedan esperanzas" me dice mi consciencia, tumbada en el suelo, magullada y sangrante.

¿Que hago con ella? ¿La remato para que deje de sufrir? ¿Dejo que me arrastre a un imposible?

Tantos sueños y esperanzas, tantas promesas que se van como una flor de ceniza que se desace al mirarla, tantas cartas con "te amo" que aun hoy descubro por los rincones...

Duele, duele mucho. Pensar en lo cerca que estuvimos de conseguir aquello que prometíamos y habernos quedado a las puertas del cielo, con el puño levantado para tocar la puerta...

Ahora se me niega la entrada en el cielo y acaricio el asiento del banco en el que estoy y en que ella debería estar, junto a mi.

Pero las puertas del cielo se han cerrado.

Se que no es lo mejor que podía escribirte, pero cuando el corazón se desgaja y el alma se quiebra, las palabras no siempre salen con la fuerza que tienen.

Ya no me queda nada, salvo tu recuerdo y una sonrisa triste.




miércoles, 7 de diciembre de 2016

La dulcemente amarga historia de Samuel Derrick

31 de octubre.

Las hojas se amontonaban a sus pies arrastradas por una suave brisa procedente del mar rugiente, que se empeñaba una y otra vez en combatir las duras paredes rocosas del acantilado sobre el que se encontraba el viejo cementerio de Old Hampton.

El día era frío y soleado, el sonido lejano de gaviotas y barcos acompañaba la melodía del aire que acariciaba los cipreses y sauces embadurnando del aroma dulce de sus hojas.

La luz colmaba de paz los rostros angelicales de mármol de algunas estatuas y calentaba los huesos de los que en vísperas de todos los santos querían rendir culto a los que partieron forzosamente en busca de otra vida.

Había dedicado la mañana a pasear por entre las lapidas y panteones de famosos, eruditos, tunantes, ladrones y anónimos, meditando sobre la vida antes de visitar a su viejo amigo. Pero ahora estaba frente a aquella roca de granito pulido, serio, callado, con los ojos perdidos entre las letras de su nombre "Samuel Derrick"

En su cabeza sonaba Hurt de Johnny Cash. Sus ojos querían llorar el recuerdo de aquel nombre.

Me hiero a mí mismo hoy 
para ver si aún siento, 
me concentro en el dolor 
la única cosa que es real. 
La aguja perfora un orificio, 
el viejo pinchazo familiar 
trata de matarlo todo 
pero yo recuerdo todas las cosas. 

¿En qué me he convertido? 

Mi más dulce amigo, 
cada persona que conozco 
se aleja al final. 
Pudiste tener todo 
mi imperio de impureza, 
te defraudaré 
y te lastimaré. 

Uso mi corona de mierda 

en mi trono de embustero 
lleno de pensamientos rotos 
que no puedo reparar. 
Bajo la mancha del tiempo 
el sentimiento desaparece, 
eres alguien más 
y yo aún estoy aquí. 

¿En qué me he convertido? 

Mi más dulce amigo, 
cada persona que conozco 
se aleja al final. 
Pudiste tener todo 
mi imperio de impureza, 
te defraudaré 
y te lastimaré. 

Si pudiera empezar nuevamente 

a un millón de millas de aquí 
me conservaría a mí mismo… 
encontraría un camino…

Samuel Derrick era un hombre con demasiada historia detrás, pero casi nadie la recordaba, o al menos no había durado vivo lo suficiente para poder contarla a sus nietos, pues Samuel Derrick era como un fantasma del que nadie parecía darse cuenta. Esto no se debía a la falta de carisma del mismo o a algún tipo de introversión, si no mas bien a su casi total desprecio por el ser humano que alcanzaba picos en los cuales no quería salir de su viejo estudio y dejar que le olvidaran.

Tal vez los pocos contactos con personas le hicieron sentir tan humano que decidió desaparecer del todo e intentar empezar de nuevo, en esa otra vida forzosa, pero aunque lo intentaba una y mil veces, jamas conseguía acabar con esa agonía de años vividos.

Samuel Derrick solo amaba una cosa, a si mismo y a un viejo amuleto heredado hace tiempo.

El tiempo iba pasando frente a la lapida y no dio cuenta de ello. Paso los minutos caminando por la memoria de su viejo amigo: tantas anécdotas, tantos recuerdos y su incapacidad para poder olvidar le provocaron una pequeña angustia que se traducía en una presión sobre su pecho y lágrimas furtivas sobre sus parpados.

Saco de su bolsillo un viejo amuleto, una pieza de oro con grabados en ambas caras. lo acaricio con dulzura, pues había sido el causante de tantas intrigas y tantos desvelos que se habia convertido en su unica obsesion y el motivo por el que Samuel Derrick estaba enterrado allí.

La intriga de su funcionamiento lo mantuvo al borde de la locura y cuando el borde se disipo y decidió acabar con todo, fue cuando desveló el sentido de sus desvelos. Ese fue el inicio miles de muertes, todas de él mismo.

De pronto su meditación se vio interrumpida por una voz femenina:

-Señor Derrick, tenemos que irnos...

El hombre se giro y observo a una joven rubia abrigada con una gabardina marrón y una bufanda blanca:

- Hola Sienna- respondió con voz áspera- estaba despidiéndome de mi amigo.

- Señor, sigo sin entender con que intencion alguien inmortal visita su propia tumba vacia.- dijo mientras se apartaba el flequillo de las gafas de sol- ¿Es por fetichismo?

Samuel Derrick sonrió, mantuvo un segundo la respuesta en sus labios mientras volvía a mirar su tumba y guardaba el amuleto en el bolsillo- Mi querida Sienna, a veces para progresar debemos enterrar en nuestra memoria partes de nosotros mismos, pero alguien como yo, incapaz de olvidar, requiere por necesidad, morir completamente y ser enterrado para volver a ser otra persona nueva.

- Pues no lo entiendo - dijo Sienna girando la cabeza y encogiéndose de hombros.

- Nadie lo entenderá- dijo clavando sus ojos en los de ella- pero si has entendido cual es nuestra misión para Old Hampton, el tiempo te demostrara que solo los que han vivido la muerte de cerca, recuerdan la cicatriz en su alma, y es ese miedo el que nos hace progresar y ser mejores personas, la ciudad sufrirá, pero la cicatriz en su alma la harán renacer como me hicieron renacer a mi, "la muerte es el inicio de todo".

- "La muerte es el inicio de todo" - respondió Sienna.

Con paso sereno caminaron juntos hacia un Mercedes gris en el que esperaban dos hombres trajeados que vigilaban los alrededores.

"la muerte es el inicio de todo"




sábado, 23 de abril de 2016

Un amigo muy esperado.

Había sonado ya el carrillón del reloj de pared que había en la salita, la casa estaba muy silenciosa, y aquella tranquilidad solo se veía afectada por los pasos lentos de un anciano.

En la habitación principal, un hombre de 87 años de edad acaba de cerrar una pequeña maleta, en la que solo llevaba un retrato en el que salían él y una mujer... ambos muy jóvenes, ambos sonriendo...

Mateo, pues así se llamaba este hombre, Mateo Ronsenblad, era médico jubilado que residía en Old Hampton desde hacía casi 70 años, pero no estamos aquí para hablar del principio de su historia, si no de su final.

Mateo acaba de cerrar su maleta, se colocó su gorra de franela gris y su gabardina, camino torpemente hacia la esquina del dormitorio donde estaban cruzados dos bastones. miro al más corto de los dos y acaricio con cariño su empuñadura, como si en ella aún se posaran la mano que tanto echaba de menos y en su cara se dibujó una sonrisa que marco aún más las profundas arrugas de su rostro.

Finalmente, cogió el más largo, de madera marrón oscura y se giró hacia la cama para recoger la maleta. Caminó hacia la puerta y echó un último vistazo a su habitación. En aquellos segundos Mateo pudo sentir todas las historias que allí habían sucedido: noches de risas y de lágrimas, noches de caricias y de discusiones, e incluso una noche eterna en la que se vio abrazado a lo que la muerte había dejado atrás en su paso por allí.

Suspiro hondo y apago la luz. Sus pasos se dirigieron hacia la entrada, no podía perder aún más tiempo nadando en los recuerdos de cada habitación, pues llegaba tarde a su cita.

Cuando llegó al final del pasillo, se dirigió hacia la puerta y un ronroneo le rozo los tobillos:

- Oh, Arquímedes, casi me había olvidado de despedirme de ti, amigo.

El gato lanzo un maullido largo y ruidoso cuando Mateo acaricio su lomo.

- No te puedo llevar conmigo a donde voy, pero te prometo que te cuidarán muy bien, lo he dejado todo bien atado.

Mateo lanzó una sonrisa cómplice a su gato, y mientras este volvía a las sombras de la vivienda, Mateo consulto su reloj de muñeca:

-La una y veinte, si no me doy prisa llegaré tarde- pensó para sí mismo- aunque llegar, voy a llegar igualmente, pero siempre he sido puntual y no será esta la primera vez que no lo sea.

Cerró la puerta suavemente, echó la llave y sin perder más tiempo comenzó a caminar con su bastón y su maleta fundiéndose entre la espesa niebla de aquella noche.

Sus pasos sonaban lentos y pesados en la tranquilidad de las calles, solo rota por algunos coches y lejanas voces de jóvenes que volvían de disfrutar de la noche.

Tras caminar apaciblemente por las calles durante casi media hora, descubrió entre la bruma el cartel que indicaba que había llegado a su destino: "Parque Franklin Peterson". Avanzó unos pasos más y se dispuso a sentarse en un banco de madera que había frente a una farola. La luz naranja iluminaba el banco como en una vieja película de espías...

Sintió sus rodillas débiles al inclinarse y como la espalda se engarrotaba del frio, hasta que consiguió sentarse. Una vez acomodado saco de nuevo su reloj y pensó "ahora él se retrasa..."

De pronto se escucharon unos pasos desde un callejón oscuro, los pasos eran firmes y resonaban por todas partes, estaba claro, su cita había llegado...

Aquella figura fue tomando forma, y carente de sombra bajo sus pasos se dirigía con tranquilidad hacia el banco en el que Mateo se encontraba.

Un apuesto hombre, de unos 70 años se presentó ante él, vestía un elegante traje a rayas y portaba en su anular un anillo dorado que parecía brillar con más intensidad que la propia farola, calzaba unos zapatos negros de piel, increíblemente lustrosos, su rostro estaba bien afeitado y su pelo engominado hacia atrás, le conferían un atractivo extraño:

- ¿Puedo sentarme, Mateo? - Dijo el caballero situado frente a él con una apacible sonrisa de cordialidad.

La voz de aquel hombre era profunda y al mirar a sus ojos, pudo comprobar que en él habitaba toda la sabiduría del mundo, ahora sí estaba seguro de que era él a quien esperaba.

- ¿Y por qué no? De todas formas, no tengo prisa, porque ya llegamos tarde, y nunca se puede llegar más tarde que tarde. – Respondió Mateo, correspondiendo la sonrisa.

El caballero se sentó junto a él, tan cerca suya que pudo oler el perfume dulzón que desprendía.

- Bueno Mateo, dime... ¿Has disfrutado de la vida que has llevado?
- Podría decirse que sí... Aunque he echado de menos algunas cosas, tú ya me entiendes- respondió acariciando su maleta recordando el retrato que llevaba en su interior.
-Bueno, ya sabes que no hago estas cosas por gusto, además, me has causado muchos problemas...- dijo con serenidad cambiando de tema- nunca un médico puso tantas trabas a mi trabajo... Quizás por eso eres mi favorito, has hecho que mi día a día, sea más entretenido.
-No seas mezquino, yo solo ayudé a la voluntad de las personas, eran ellos los que no querían irse aun contigo, así que no puedes culparme solo a mí de que se curaran.
- Por desgracia no todos pudieron librarse, ¿Verdad? - le dijo el caballero mirando la maleta
- No te culpo por ello, viejo amigo- suspiro - ella se rindió antes incluso de poder ayudarla...
- ¿La echas de menos?
- Cada segundo de mi vida desde que se fue...
- También te echa de menos ti y me ha pedido que antes de llevarte junto a ella te hiciera un regalo. Sígueme.

El caballero ayudó a Mateo a incorporarse y agarrados del brazo iniciaron un corto paseo mientras el parque se difuminaba como una nube de polvo y se reconstruía con la forma de otro lugar.

Mateo se quedó con la boca abierta y lanzo una mueca de asombro:

- ¿Sabes dónde estamos Mateo?
- Claro que sí...

Se encontraban en una colina a las afueras de Old Hampton, muy cerca del parque natural de Silver Oak. Frente a ellos un olmo solitario se mecía con el viento y su sombra se alargaba con la luz de la luna. Mateo, con lágrimas en los ojos, se acercó al árbol y comprobó que en su corteza aun había tallado dos nombres "Mateo y Alicia":

- Pero… ¿Cómo? Ardió hace años... Alicia y yo lo vimos en las noticias cuando se incendió el bosque.
- Sus cenizas amigo… Cuando las tiraste aquí resucitaron al olmo, lo de los nombres es mi regalo.

Acaricio de nuevo el nombre de Alicia. A pesar de la rugosidad de la corteza, él sintió de nuevo como si acariciara los labios de su amada.

- Estoy listo, iniciemos el viaje...
- Mateo, ya estabas muerto cuando te recogí en el parque. De hecho, tu cuerpo está descansando en tu cama...

Mateo se sintió confuso, miro hacia el árbol de nuevo y se giró hacia la muerte:

- Bueno, pues entonces llévame con ella, que, si llego tarde a cenar, se pone de muy mal genio.

La muerte le sonrió, paso su brazo sobre el hombro de Mateo y juntos desaparecieron difuminándose sus figuras

Hasta siempre Mateo.

Dedicado a todos aquellos que pierden al amor de su vida y esperan durante años para volver a verlo.


domingo, 18 de octubre de 2015

La promesa.

La noche estaba bien entrada, en la impoluta habitación el pitido intermitente de un monitor cardíaco.
Gota a gota el gotero iba prolongando lo que inevitablemente iba a acaecer en aquella sala.
La tenue luz del cabecero iluminaba un rostro de mujer, las sombras jugaban con cada una de sus arrugas y los ondulados y grises cabellos.
Sus ojos estaban cerrados, así como su boca; De labios finos, donde antes siempre hubo una sonrisa hoy, solo silencio.
Sus manos reposaban pesadas en la cama y aferradas a ellas, las manos de un viejo loco y aun enamorado.
Hacia mas de 2 años que la habían diagnosticado el fin de sus días, y en el ultimo mes, las manos de ambos no se separaron casi ni un solo instante.
El anciano dormitaba en mala postura, acariciando entre sueños las manos ásperas y llenas de manchas de su amada.
De pronto los ojos de la mujer se abrieron con esfuerzo, y cuando observo a su alrededor sus labios finos esbozaron una sonrisa.
Libero suavemente su mano y la paso por el pelo cano del anciano, lo cual lo despertó:
- Hola pequeño- dijo ella con voz tenue.
- ¿Como estas princesa?
Aquellos apelativos reavivaron los recuerdos de la anciana, pues no paso ni un solo día desde que se besaron por primera vez, sin que el la llamara por ese nombre, de hecho los nietos mas pequeños la llamaba princesa, pues era el único nombre que conocían de ella.
- Me duele un poco...
- ¿Quieres que llame a la enfermera?
- No cariño, no hace falta...
- ¿De verdad?
- En serio, no te preocupes- Dijo acariciándole la cara- Tráeme un poco de agua.
El anciano se levanto lentamente resoplando por el esfuerzo, agarro su bastón y arrastro sus pies cansado hacia en cuarto de baño.
Encendió la luz y tras llenar el vaso con agua, se miro al espejo...
Miro sus ojos marrones con grandes bolsas oscuras, observo su rostro lleno de arrugas y se intento recordar siendo mas joven.
Cuando volvió, encontró a la anciana secándose las lagrimas.
- Toma princesa- dijo acercando el vaso.
Espero a que bebiera, la retiro el vaso y con mucho cariño seco una lagrima furtiva con su dedo gordo.
- Tengo miedo...
- No lo tengas, estas cosas tienen que pasar.
- Lo se, pero no quiero estar sin ti... no quiero irme sin ti...
El anciano trago saliva e intento que no salieran las lagrimas que luchaban por liberarse.
Se sentó de nuevo, sintiendo el crujir de todos sus huesos al reposar sobre el incomodo sofá.
- No vas a estar sin mi... No al menos demasiado... ¿Recuerdas como nos conocimos?
La anciana sonrió, recordó el sonido del bar, el olor a cerveza rancia y la interesante conversación que un joven rellenito le prestaba y las miradas que ambos compartían en secreto, mientras el ruido los envolvía.
- Cada día lo recuerdo...
- ¿Recuerdas como te pedí salir?
- Si...- Dijo riendo.
- ¿Y recuerdas que te prometí?
La frente de la anciana se arrugo con duda - No lo recuerdo- dijo- ¿Que fue?
- Que jamas te dejaría, que jamas estarías sola si ello dependiera de mi...
- Ya lo recuerdo mi amor...
- ¿Y alguna vez no lo he cumplido?
- No claro que no...
- ¿Y porque lo iba a hacer ahora?
- No se Joaquin, tengo miedo...
- Pues no lo tengas, cuando tengas que marchar, vete sin esperar, porque te daré alcance dentro de poco, ¿Vale?
- Si- Dijo cerrando lo ojos.
- ¿Oye?
-...¿Que?
- ¿Eres feliz?
- Contigo siempre...
- Vale, descansa princesa.
Horas mas tarde la respiración de ella se detuvo para siempre y días después, el, callo fulminado de un infarto rodeado de enmohecidas cartas antiguas y una caja de zapatos forrada con papel de regalo morado de lunares blancos.
Hoy ambos siguen agarrados de la mano, pues NUNCA INCUMPLÍA UNA PROMESA.

domingo, 25 de enero de 2015

Cuando la vida te da un vuelco.

A veces, harto de revolcarte en tu propio fango, descubres que la vida no es ese charco de heces en el que te recreas, criticando y envidiando todo; Y piensas que esa es la única y verdadera realidad, pero no es así, esa es solo "TU" realidad.

No sé muy bien si fue valentía o locura lo que me motivó, pero decidí salir de aquella mierda e intentar disfrutar un poquito de aquella otra realidad que no conocía, o bien no quise conocer antes por cobarde.

Así fue como volví al lugar en el que hacía ya tanto tiempo dedique mis días de adolescencia a forjar una personalidad y donde quizás no la forje con cuidado; Volví a las charlas con risas en las sombras de los pinos, mientras que por los huecos de sus copas, la luz que surgía calentaban mi cara con un sol estival digno de una postal. Regrese a las noches en vela, pero no de teletienda, si no de cerveza y compañía... En ese momento volví a darme cuenta que mi vida no había tenido sentido nunca, pues si lo que yo pensaba que era vivir era un continuo sufrimiento, ¿que era pues esa nueva sensación? ¿Muerte?, no... Era renacer, volver a los orígenes de todo para recordar quien eras y quien querías ser. Y lo que yo quería ser distaba mucho de lo que ahora era.

De este modo me dedique los poco segundos que me ofreció el destino a disfrutar de ese renacer, a recrearme del sonido del gentío, del ruido de hielo que cae en vasos de plástico, de la música absurda que nunca deja de triunfar y del abrazo con desconocidos mientras dejas que el ritmo te lleve en una marea de risas y salpicaduras de cerveza y ron.

Pero dentro de esa extraña y alocada vorágine de diversión, la descubrí a ella o más bien ella me “descubrió” a mi.

Ya antes me había fijado en lo especial que había en esa mirada verdosa, de esa sonrisa ladeada y picara, de esos cabellos como toboganes de fuego oscuro... pero aquella vez era distinto...

El simple tacto de su mejilla contra la mía en un simple saludo, era para mí el momento en que el tiempo se detenía y del cielo caía un pañuelo de seda que acariciaba mi cara.

No supe cómo ni por qué, pero alguien que permanecía moribundo dentro de mi grito: "¡Es ella!". Y entonces lo supe, yo tenía que ser para ella.

Luche con uñas y dientes y a veces creí verme vencido, porque no recordaba que las normas de la conquista son como las del baile, unas veces se sigue y otras seguido, pero nunca se deja de bailar.

así pasaron los segundo de mi tiempo de tregua contra la desolación, jugando a las miradas y a las canciones susurradas y cantadas por el otro como por arte de magia, hasta que se presentó la ocasión de cargar con todas las fuerzas que le quedaban al viejo moribundo. Y no fue al primero, si no al segundo intento cuando su Numancia cayo y yo caí por ella. Desde ese instante el reloj quiso correr más que nunca y al final el tiempo de tregua acabo.

Volví a mi charco, pero antes de tan siquiera pensar en volver a hundirme dentro, decidí que quizás, ella no solo era alguien por quien suspirar, si no mi mejor aliada para acabar con la desolación, y así fue y sigue siendo, yo lucho y ella a mi lado, dándome las fuerzas que necesito para enfrentarme a todo mientras cuida de mi viejo moribundo.

Quiero construir una casa donde antes estaba el lodazal, pero creo que aunque construyera el mejor de los palacios, jamás estará a la altura de lo que ha hecho por mí. Aun así ella se mancha las manos de barro y sonríe con cada ladrillo que ponemos juntos.


Gracias por quererme, cuidarme y conseguir que mi viejo moribundo, vuelva a latir.

miércoles, 21 de mayo de 2014

la corazonada de Anna

El día se iniciaba cuando Anna aun no había dormido lo más minino. Se pasó toda la noche recostada en la cama rozando las cuerdas de su bajo, con la mirada perdida y con la sensación de querer respuestas y no saber dónde encontrarlas.

Los primeros rayos de sol se colaban por los agujeros de la persiana y pintaban haces en el humo de la habitación. La mezcla de tabaco, incienso y libro viejo se apreciaba empalagosa y densa, pero a Anna no le molestaba, de hecho le traía recuerdos de su infancia casi olvidada.

Dejo el bajo a los pies de su cama y miro el móvil: "las 8:30... Cole no se habrá despertado aun, buen momento para escabullirme de currar"

Cogió algo de ropa, pensado en vestirse en el ascensor a toda prisa y salió a hurtadillas intentando que el viejo suelo de madera no rechinara, y cuando estuvo en frente de la puerta... El ruido de llaves tras el cual, la puerta se abrió y apareció Ángel agarrando a un bulto que parecia Cole ebrio:

- Ayúdame Anna- dijo Ángel acalorado- llevo toda la mañana intentando llevármelo, pero no había manera.
- ¿Y la sangre de su camisa?- pregunto Anna preocupada
- según me ha contado, anoche estaba tan ciego que se puso a buscar bronca y cuando casi la encuentra tropezó y callo contra una farola...
- Aniiitaaaa... qué guapa eshtas por lash mañanaaaas,- dijo Cole con los ojos inyectados en sangre.

El aliento de Cole puso los pelos de punta a la pobre Anna que no pudo evitar sentir nauseas.

-Llévalo a su habitación Ángel, voy a preparar café...
-¿Le ducho? - pregunto Ángel desorientado
-¿Tu veras? si te hace ilusión tocarle borracho y desnudo...- dijo Anna mientras ponía la cafetera en el fuego.
-Bien visto, mejor que no, a ver si se va a poner... "cariñoso"- remato ángel con una sonrisa burlona en su cara

Ángel camino torpemente tropezando con libros y vinilos que había a modo de columna en el suelo hasta que por fin lo dejo caer en su cama, le quito sus zapatillas y cerro la persiana de la habitación.

En la cocina sonaba el silbido de la cafetera, y el olor a tostado inundaba la estancia.

- ¿Qué te pasa Anna?- pregunto ángel al ver su cara arrugada.
- ¿Qué, que me pasa? ¿Te parece normal como venís? ¿Y a qué horas?, joder a veces me siento la madre de este pánfilo...

Ángel no pudo evitar soltar una risa, en el fondo quedaba raro que una chica cuya mayor característica era su inmadurez, hablara con tanta sensatez.

- Bueno, en cuanto a todo lo que has dicho, podría decirte...
- Nada Ángel, todo escusas. Tío parece que no le des importancia a nada, os pasáis las noches de cachondeo y volvéis a casa como si no pasara nada.

En los ojos de Anna se podía percibir un sentimiento de miedo y preocupación, pero Ángel no era capaz de intuir el motivo.

- Anna, yo anoche no salí, me lo encontré esta mañana frente a la librería de Wilburg discutiendo sobre la importancia del formato de bolsillo en el futuro literario, y encima lo discutía con su propio reflejo...

Anna sonrió imaginando lo ridículo de la escena.

-Entonces tu... ¿Qué hacías tan temprano por la calle?
-Iba a la editorial, a ver si suplicándoles un poco, conseguía de nuevo que aceptaran mi compromiso con ellos.
-¿Vuelves a escribir entonces?
-Si.
-¿Y sobre qué?- pregunto Anna ilusionada.

Ángel se ruborizo, en el fondo no quería decirla que era sobre ella, o más bien sobre como ella le hacía sentir, así que trago saliva y le soltó la primera mentira que se le ocurrió.

-Voy a retomar la antigua novela que tenía a medias.

Anna en el fondo se sintió decepcionada de no haber obtenido más información, pero tampoco había descansado lo suficiente como para iniciar un interrogatorio.

-¿oye y a ti últimamente que te pasa?- dijo Ángel cogiendo un cigarrillo del su paquete.

Anna se escondió detrás de la taza de café humeante, sabía que algo en su cara había delatado el asunto que tan repetitivamente la atormentaba.

- A que te refieres- dijo Anna haciéndose la sorprendida
- Pues no se... quizás a tus ojeras, a tus pelos, a tus pintas.
En ese momento se dio cuenta que presto tanta atención a no hacer ruido y salir de casa antes de que Cole despertara, que no se había duchado, ni peinado y lo que era aún más vergonzoso para ella, solo llevaba una camiseta larga de Rise Against y unas braguitas. De pronto se ruborizo al darse cuenta de que estaba semi desnuda delante de Ángel, pero tenía que aparentar normalidad:

- ¿qué pasa? estoy en mi casa y voy cómoda.... dijo Anna apartando la mirada de Ángel disimuladamente
- No me refería a eso- cortó Ángel- por mí como si vas desnuda...

 Aquel comentario sí que la sorprendió

-A lo que realmente me refiero es a que tienes cara de no haber dormido en varios días.

Anna no pudo evitar sonreír al ver la cara de preocupación de Ángel, pues en el fondo le parecía bastante tierno que se siguiera preocupando por ella.

- Si, bueno... ya sabes, demasiadas cosas en la cabeza, supongo...
- Pues nada debería ser tan importante como para que juegues con tu salud- sentencio Ángel dándole otra calada al cigarro.

Anna se había propuesto averiguar la verdad detrás del intento de asesinato de Ángel, pero no sabía cómo se lo tomaría. La verdad es que lo que más le atormentaba de aquel caso es la normalidad con la que Ángel se lo había tomado todo, y el hecho de que no mostrara el mas mínimo ápice de preocupación o disgusto por lo de Sienna, le intrigaba aún más, pero aun así, ella no podía quedarse con la duda: ¿quién y por qué, habían intentado matar a Ángel y a Sienna?


Quizás no fuera de su incumbencia, pero ella tenía muy claro que no pararía hasta descubrir que fue lo que realmente paso, y de lo que estaba aún más convencida era de a quien tenía que empezar a preguntar, aunque dudaba que fuera capaz de "responderla" nada.

miércoles, 7 de mayo de 2014

El latido protegido.

Eran las ultimas horas del día, el sol se iba escondiendo poco a poco, sembrando sombras entre haces de luz dorada. sus pasos crujían en un suelo tapizado de hojarasca gris y el viento silbaba una melodía triste que se maridaba con el olor a hierba húmeda, a suelo recién mojado y al silencio de aquel enorme cementerio.

A lo lejos, mientras avanzaban  sus pasos, descubrió un comitiva de enlutados que seguían con paso firme a un reluciente Lincoln negro, decorado con coronas de flores blancas. Y presidiendo la comitiva, un padre y una madre, que aun abrazados, no podían evitar sentir soledad que en sus corazones había dejado su joven hija.

Cambio de visión para dirigirse a su destino. Paso acariciando con delicadeza las superficies de algunas lapidas sintiéndolas frías y rugosas. El viento le mesaba sus cabellos y aquella sensación la agradaba, y no pudo evitar pensar si al morir sentiría el viento en su cara.

A lo lejos cerca del borde del cementerio, muy cerca del acantilado que lo limitaba, pudo encontrar a quien buscaba.

Se quedo de pie, y frente a ella una lapida de mármol oscuro parecía salir directamente del suelo. En esta solo un nombre y unas fechas: Ernest Simmos 28 de febrero de 1931- 3 de diciembre de 1999

Ella permanecía inmóvil frente a la lapida, sonrió y se agacho para cambiar un tallo reseco por una hermosa y fresca flor de rosa color carmín.

Quería decir algo, pero no le salían las palabras, se sentía triste, pero no por el, ni siquiera por ella, se sentía triste por que conocía la historia de aquel hombre que allí descansaba.

Pasado un rato decidió sentarse frente a la tumba, sin hacer caso a la humedad del suelo que empapo su trasero. Solo le importaba la soledad acompañada que experimentaba en aquel momento. La sensación de que a pesar de que se hubiera ido, su historia lo haría eterno.

No era un amante, ni un marido, ni un hermano o un abuelo, aquel hombre que allí reposaba prácticamente era un desconocido y solo había sabido de el, por las historias que le contó su abuela los días antes de exhalar.

Aquel hombre era y fue durante años el único y verdadero amor de su amada abuela.

Antes de morir, le narro que hacia muchos años conoció a un chico que se dedicaba a robar, pero que no robaba objetos materiales, si no sentimientos... iba por la vida provocando sonrisas, lagrimas, alegrías y penas... decía que los coleccionaba y que solo le faltaba una cosa que robar, un corazón. pero por mucho que lo intentaba, se dio cuenta que cuando robas un corazón este se marchita y se rompe en mil pedazos, con el inconveniente de que la persona robada, ya no es capaz de volver a sonreír con la misma luz.

Así que ella pensó durante días la manera de poder ayudarle, hasta que después de varios días y varias visitas furtivas, lo descubrió: un corazón no se roba, un corazón debe ser regalado.

Así fue como consiguió su corazón para completar su colección.

Habían pasado los años ella se vio obligada a casarse con otro hombre, pero a pesar de eso, ella no dejo de recordarlo: las tardes escondidos en el parque, o los besos a través de la verja de hierro forjado de detrás de su casa.

Cada uno de esos gestos alimentaba el corazón que aquel chico se había llevado.

Era por eso, por lo que antes de morir, su abuela le contó el mayor de sus secretos:

"Aunque lleves la sangre de tu abuelo, has de saber que eres nieta de otro, pues así como yo te quiero de corazón, ese corazón lo cuida otro"

Por eso, para que el corazón de su abuela siguiera latiendo, ella prometió llevar las flores que ella llevaba cada semana a la tumba de aquel supuesto desconocido, para que estuviera donde estuviera, el, siguiera cuidado ese corazón enamorado.